Chakras: Anatomía del Alma

ChakrasIndependientemente de donde nacemos, todo el mundo tiene un esqueleto con exactamente la misma cantidad de huesos. De la misma manera, todos compartimos la misma anatomía luminosa, que incluye los chakras y los meridianos de acupuntura. Los chakras son discos giratorios de energía que giran tres o cuatro pulgadas fuera del cuerpo. Están enlazados a nuestra columna vertebral y al sistema nervioso central alimentando directamente a la red neuronal humana. Ellos giran en el sentido de las agujas del reloj, en la misma dirección que giran los brazos espirales de la galaxia. Cada chakra tiene una frecuencia única que nosotros percibimos como uno de los siete colores del arco iris. Los chakras de un niño recién nacido muestran su color puro, desde el rojo en el primer chakra hasta el violeta en el séptimo. A medida que envejecemos los colores se van apagando. Los traumas y las pérdidas dejan residuos tóxicos, y esa densa arenilla se adhiere al chakra impidiéndole vibrar en su frecuencia pura, causando un aceleramiento del envejecimiento físico. Cuando un chamán completa su proceso de sanación, los chakras quedan limpios. Ellos comienzan a vibrar con su pureza original y a girar libremente de nuevo.

 

Cuando limpias todos los chakras, adquieres lo que se conoce como el “cuerpo de arco iris.” Cada centro vibra a su frecuencia natural, y tú irradias los siete colores del arco iris. Según la leyenda, cuando adquieres el cuerpo arco iris, puedes viajar más allá de la muerte al mundo espiritual. Serás capaz de ayudar a otros en su sanación, y también a morir conscientemente, pues ya conocerás el camino de regreso a casa. Los chamanes de la selva creen que la muerte es un gran depredador que acecha a todos y cada uno de nosotros. Cuando los chakras están limpios ya no estás acosado por la muerte, sino que eres reclamado por la vida.

 

Chakras de la Tierra

Los cinco chakras inferiores, desde la raíz hasta la garganta, se nutren principalmente de la Tierra. Los cuatro chakras superiores son alimentados por las energías del Sol. Las religiones cielo-dios enfatizan el desarrollo de los chakras superiores abandonando los inferiores. Las civilizaciones cielo-dios se han perfeccionado con la tecnología, la razón y la lógica. Las religiones de la tierra-diosa enfatizan el desarrollo de los chakras inferiores descuidando los superiores. En estas civilizaciones permanecieron las culturas agrarias con poco interés en el progreso occidental. Hoy tenemos que desarrollar los dones de ambos, los chakras de la tierra y los chakras del cielo.

 

Al igual que los órganos en el cuerpo, cada chakra realiza una función única. El primer y segundo chakra digieren las energías emocionales, extrayendo los nutrientes. Cuando las toxinas se acumulan en nuestro segundo chakra (donde reside la respuesta de luchar o huir) interpretamos el mundo como hostil y agresivo. Los chakras del plexo solar, el corazón y la garganta (tercero, cuarto y quinto) se nutren de las energías más sutiles como el amor, la compasión y la empatía. Ellos no están preparados para digerir emociones de cualquier tipo.

 

Chakras del Cielo

En el sexto, séptimo, octavo y noveno chakra, el desarrollo se vuelve transpersonal. Exploramos dominios cada vez más sutiles.

 

Cuando el sexto chakra funciona mal, la persona confunde información con conocimiento. Siente que ha alcanzado grandes verdades espirituales, cuando todo lo que tiene es una colección de hechos. Materialismo espiritual es una disfunción endémica del chakra del tercer ojo. Un tercer ojo despierto da el conocimiento del pasado y el futuro y permite visualizar destinos alternativos.

 

El séptimo chakra, en la parte superior de la cabeza, es nuestro portal a los Cielos, de la misma manera que el primer chakra es el portal que nos une a la Tierra. La lección del séptimo chakra es el dominio del tiempo. Mientras que en el sexto chakra el sanador adquiere el conocimiento de los acontecimientos pasados y futuros, cuando despertamos los dones del séptimo chakra somos capaces de influir en los acontecimientos. La expresión negativa del séptimo chakra es la regresión espiritual que confundimos con iluminación.

 

El octavo chakra reside a pocos centímetros por encima de la cabeza y, cuando despierta, brilla como un sol radiante dentro del CEL.

 

El octavo chakra actúa como modelo para crear el cuerpo físico. Este chakra es como un carpintero que construye una silla (el cuerpo físico) y luego la quema en su chimenea. El carpintero no siente ninguna pérdida, ya que sabe que él, simplemente, puede construir otra con madera nueva. El octavo chakra no se ve afectado por la muerte del cuerpo. En este centro tomamos conciencia del espectador, -conocido en el budismo como el testigo– un “yo” que ha estado presente desde el principio de nuestro viaje espiritual. Ahora desacoplado de la mente, es capaz de contemplar la mente con todos sus dramas, sin suscribirse a ellos. Los espectadores son testigos del desarrollo de nuestra vida y entienden que todas las historias que usamos para describirnos a nosotros mismos son sólo historias. El espectador percibe todo, pero en sí mismo es percibido, porque no se puede convertir en un objeto de percepción.

 

El octavo chakra reside en el Campo Energético Luminoso individual. Se sitúa por encima de la cabeza como un sol girando. Es nuestra conexión con el Gran Espíritu. Es el lugar donde Dios habita en nosotros. Con el tiempo, el espectador comenzará a revelar su fuente, que es Espíritu, o el noveno chakra, que reside fuera del Campo Energético Luminoso individual y se extiende por todo el cosmos. Es el corazón del universo, uno con el Gran Espíritu. Como el octavo chakra es donde Dios habita dentro de nosotros, el noveno chakra es la parte de nosotros que habita en el Creador.

 

El octavo chakra se corresponde con el concepto cristiano del alma, que es personal y finita. El noveno chakra corresponde al Espíritu, que es impersonal e infinito. El noveno chakra reside en el centro del Universo, es el momento y el espacio exterior – el Ser que nunca ha nacido y nunca morirá. Este yo es anterior al tiempo, y nunca entra en el río a través del cual fluye el tiempo. Este es el yo que nunca salió del Jardín del Edén.